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Los cubanos

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Necocli. Una calurosa noche de octubre.

– Sabes Asia – dijo Walter, en cuya tienda de campaña estábamos durmiendo –si ves a la gente caminando de noche por la playa, sabes, mucha gente, no te preocupes, duerme. Son cubanos, no te van a hacer nada.
– Los cubanos? – ha despertado mi interés – espera, ¿cómo que los cubanos?
– Eso… los cubanos, inmigrantes ilegales. Huyen de Cuba y por aquí se dirigen al puerto. Un montón de gente. Sobre las 3 o 4 de la madrugada. No te preocupes si oyes las voces.

Oía las voces. Bajo la débil luz de la luna corría un río de gente. Pasaban sin hacer ruido, realmente no sé que me había despertado. Tal vez la arena que se movía bajo sus pies. Caminaban en grupos, vestidos de negro, con unas pequeñas mochilas o unas bolsas de plástico en las manos, por la playa, en dirección al puerto. Ahí les iban a esperar unos barcos para llevarles a Sapzurro. Y allí estaban y les llevaban pero no siempre llegaban a Sapzurro porque en Sapzurro se cruzaban los caminos de los narcotraficantes y de los traficantes de los cubanos. A los primeros los segundos les jodían el negocio y no les querían ver. Los traficantes de los cubanos tampoco querían ver a los narcotraficantes. Así que algunos barcos no llegaban a la orilla bajando a la gente en el mar. Quien sabía nadar- tenía posibilidades de sobrevivir. No todos sabían.

Se me ponía la piel de gallina cuando pensaba en ello. Ha sido una pura casualidad que nací donde nací, en los tiempos en los que nací. Podía haber nacido en Cuba, en Siria, en Ucrania o en algún otro lugar donde la guerra, la violencia, el sufrimiento, las lágrimas son el pan de cada día. Bien podría caminar en uno de esos grupos, en una noche oscura por una playa desconocida y luego, con el estómago encogido de miedo, subir a un barco, apretando fuertemente hacia mí a mi pequeña niña. Dejada a la suerte, al borde de un ataque del pánico, dirigiéndome hacia el negro y ruidoso mar, sin saber que me esperaba ahí, la muerte o una nueva vida. Miraba a esa gente, en la mente tenía las historias que podéis leer aquí:

https://www.facebook.com/roisaade/posts/10153716792619396?pnref=story

No importa si esas historias son reales o inventadas por alguien. Con una probabilidad muy alta se puede decir que han ocurrido y ocurren continuamente. Las tengo delante de mis ojos cuando juego con Gaja en el mar, cuando a mi pequeña, que está aprendiendo a nadar, la cubre una ola. Cuando ella se atraganta con el agua, veo a aquella pequeña niña, tirada por la borda, a su madre que se queda de piedra, a su padre que se lanza al mar intentando salvar a la vida más valiosa… ¡Santo cielo!, no puedo quitar esas imágenes de mi cabeza, se han anclado bien y salen a la superficie a la mínima oportunidad. Igual que ahora. Podría haber caminado por la orilla horrorizada, hambrienta, cansadísima con mi tesoro más valioso en mis brazos, hacia la oscuridad de la noche, rezando, pidiendo a todos los dioses que conozco que nos salvaran…

 

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Sapzurro (Colombia). Una semana después.

-¿Oíste el ruido por la noche? ¿Les viste? – me preguntó Mauricio por la mañana cuando preparaba un café colombiano.

Lo oí y lo vi todo. Delante de nuestra ventana pasó un río de gente. Caminaron vestidos de negro, con unas pequeñas mochilas en la espalda o bolsas de plástico en la mano. Algunos tenían unas pequeñitas linternas, porque la poca luz de la calle la dejaron atrás hace ya buen rato. Pasaban como fantasmas al lado de la casa y justo debajo de mi ventana giraban hacia un bosque. Más bien hacia una jungla. Casi un kilómetro solamente les separaba de Panamá. Allí estarán a salvo, de allí nadie les deportará. Aún así es un kilómetro- difícil porque es fronterizo, porque es la jungla, porque es casi empinado hacia arriba, porque empieza a caer una lluvia tropical y no se sabe a quién se puede encontrar de camino. Puede que sean los narcotraficantes. No, no matarán. Como mucho harán daño, como a uno de los cubanos hace unos días. Él ya no huirá, con dificultad, con una mano, va a empujar su silla de ruedas. Suponiendo que algún día va a tener alguna… Vi en un periódico local un gran titular y otra vez se me puso la piel de gallina. Podía haber sido yo. Podía haber sido mi padre o mi madre o mi hija. Los narcotraficantes están cada vez más furiosos. Cuando una mañana vino nuestro vecino y dijo que había encontrado a un hombre en el bosque, me quedé de piedra. Por suerte estaba sano pero aterrorizado y desesperado. No pudo con la subida. Se quedó atrás, sólo, con su bolsa de plástico con el móvil dentro, el dinero y una camiseta para cambiarse. El dinero que tenía aún de Ecuador. Los dólares, ganados con sus propias manos. Así lo hace la mayoría de los cubanos. Vuelan a Ecuador como turistas porque ese tipo de visado lo pueden conseguir sin problemas. Allí trabajan como locos, para ahorrar los dólares con el fin de entrar en la Tierra Prometida, que para ellos son los Estados Unidos. Como antes lo era para nosotros. Trabajan 16 horas al día porque hay que pagar a los traficantes, el transporte, hay que comer algo y dormir en algún sitio. Lo peor es que en cualquier momento pueden perder todo el dinero. Todo el mundo sabe que un cubano lleva consigo la pasta. No una tarjeta de crédito. Pasta. Plata. Mucha plata. En el bolsillo del pantalón, en la bolsa de plástico, en su riñonera. Basta con atraparle en un rincón oscuro y ya está. Entregará la plata sin protestar, y si protesta – un golpe en la cabeza. No va a protestar. El ruido significa la Policía, la Policía- deportación. Así que todo va a trascurrir en silencio y el cubano se quedará sin blanca. Igual que el nuestro, aunque su historia es un poco diferente. En la última, dramática subida se quedó atrás, sin poder seguir el ritmo del resto del grupo que caminaba bajo la lluvia. Al principio la gente le ayudaba pero luego, luchando por su propia supervivencia, le abandonaron. Regresaron a por él, pero los traficantes. No para ayudarle. Él sabía demasiado, vio demasiado, eso no era conveniente para nadie. Nos contó que había estado tumbado en el suelo, agarrando con una mano una raíz de un árbol, por primera vez en su vida deseaba ser invisible. Pasaron a su lado. No le vieron. Él se quedó en el suelo, bajo la lluvia, sin moverse por el miedo, empapado del barro, picado por los mosquitos, aterrorizado como un animal. En ese estado lo encontró David.

Me pusieron al tanto porque yo era de fuera, era blanca y tenía una niña así que la presencia de un hombre desconocido, de piel morena, a mi lado no levantaba sospechas. Estaba claro-el marido. Pedro tuvo que ir al pueblo porque aquella trágica noche, huyendo de los traficantes, perdió su bolsa de plástico con 600 dólares. Aparte de la ropa manchada de barro no tenía absolutamente nada. David lo llevó a su casa donde le dio de comer y le prestó la ropa después de ducharse. Así de apañado, Pedro, ya cuando cayó la noche, en mi compañía y la de Gaja bajó al pueblo. Buscamos internet para que Pedro pudiera llamar a Cuba y el dinero para que pudiera seguir adelante. El único internet que había en el pueblo lo tenía un alemán, el propietario de un yate y una pizzería local. De nada sirvieron mis suplicas. No nos dejó utilizar el internet ni 5 minutos, y cuando me ofrecí a pagar, soltó un precio muy alto. Todo eso no tenía sentido. Teníamos que organizar una escapada a un pueblo vecino, donde había una cafetería con internet y donde estaban nuestros conocidos que podrían ayudar si hiciera falta. Pero mañana, de día. Un buen reto para nosotros.

Por la mañana Pedro se echó para atrás. Con el dinero o sin dinero quería cruzar la frontera, cuanto antes alejarse de la peligrosa Colombia, donde un cubano significa basura. Confiaba que entre los suyos, saldrá de esta, que le ayudarán. Luego seguirá trabajando en Panamá y así poco a poco alcanzará el sueño americano.

De madrugada, con David y su machete, salieron a atravesar la montaña. Los dos estaban con el alma en un hilo, cada uno por un motivo diferente. Pedro por el miedo a que les atraparían y lo deportarían. David por el miedo de que les atraparan y perdiera el empleo. Tenía un buen empleo, junto con su mujer cuidaban de una casa cuando los propietarios no estaban. La casa era grande, preciosa y muy lujosa con una piscina y un jardín a su disposición además de un buen sueldo. Cuando le pregunté si no tenía miedo a arriesgarse, me respondió, que sí, y mucho.

– ¿Entonces por qué le estás ayudando? – insistí – tienes familia, hijos.
– Por eso, porque tengo familia – David me miró a los ojos – tal vez un día nosotros vamos a necesitar ayuda. Tal vez mis hijos. Además no se debe dejar a uno cuando lo necesita.

Pensé entonces en los miles de sirios huyendo a Europa y en las complicadas situaciones que nos desnudan, sacando de nosotros a la luz del día toda la verdad sobre nosotros mismos.
Cuando regresó David, cansado pero feliz, con la noticia de que Pedro ya estaba al otro lado del la frontera, todos respiramos con alivio. Luego saltamos de alegría porque por puro milagro los hombres dieron con la bolsa de plástico que había perdido Pedro por la noche. Dentro estaba todo intacto, solamente totalmente mojado. El dinero también.

– Mira, lo que me regaló – sonrió David, sacando de la mochila un viejo libro totalmente empapado del agua.
– ¿Qué es? – pregunté
– La Biblia. Me dijo que había pasado por el infierno aquí. Como no quería coger el dinero, me regaló la Biblia.
– ¿Lo quieres?

Cogí en mano un libro viejo y mojado. Lo abrí. En la primera página hubo una dedicatoria, dentro muchos apuntes hechos a mano. ¿Quién era la persona que le había regalado ese libro a Pedro? ¿Cuántos oraciones, plegarias, favores habían escuchado sus páginas? ¿Cuántas veces la había abierto Pedro buscando un consuelo, una esperanza o un alivio? Ahora yo lo tenía en mis manos. Ojeaba las páginas intentando descifrar los apuntes en castellano. Había muchos sobre el Amor. El incondicional. Le deseaba a Pedro con todas mis fuerzas que en su camino encontrara la gente llena de Bondad y Amor, como lo era sin ninguna duda el hombre que llevaba el bíblico nombre de David.

 

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La Miel (Panamá). Un día después.

El día siguiente, antes del mediodía, junto con la mujer de David y nuestras niñas pasamos al lado de Panamá, por una frontera legal, primero subiendo media hora arriba, luego otra media hora abajo. No, no por un camino, por unas escaleras construidas, muy cómodas con un puesto de guardia fronteriza encima de un desfiladero. Al otro lado encontramos un pequeño, humilde pueblo con la playa más bonita en esa zona – La Miel, la cual era el objetivo de nuestra escapada.

Entre aquella playa y el pueblo había algo que apagó enseguida mi entusiasmo hacia ese maravilloso lugar. Era el punto de traslado de los refugiados. Era el primer sitio donde los cubanos ya no tenían que esconderse a la oscuridad de la noche, rezando, para que nadie les quitara ni el dinero ni la vida. Estaban sentados en grupos, como cuervos negros, en la colorida playa tropical, lavando en el mar su ropa y luego teniéndola en las cuerdas colgadas entre los árboles.

Los guardias fronterizos han preparado especialmente para ello un barracón donde apuntaban sus datos personales. Luego los cubanos, en decenas, ya legalmente, con los chalecos salvavidas puestos, se subían a los barcos, alquilados por la Policía y se dirigían a Puerto Obaldía (Panamá). Ahí se encontraba la Oficina de Migración adonde, dentro de unos días, teníamos que acudir nosotras también. Miré fijamente por si veía a nuestro Pedro Enrique pero no pude dar con él. Una chica me dijo que por la mañana se lo había llevado uno de los barcos de Policía.

La chica era preciosa, joven, con unos moratones en la cara.

No tuve valor de preguntarle cuál era su historia.

 

La traduction fue realizada por Joanna Kruk.
Joanna – muchas gracias!!!

 

 

 

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Voy a ler:)

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